Ayúdame a ayudarte

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Ayúdame a tenderte una mano. O, si las necesitas y puedo, las dos.

Pero de verdad, sin la boca pequeña. Deja el orgullo a un lado y levanta la mano. Porque compartir cualquier dolor aligera su peso.

Es cierto que no nos han enseñado a pedir ni a dar ayuda. La mayoría de nosotros hemos crecido en un entorno en el que las intimidades se escondían y los sentimientos se guardaban en el último cajón. Que mostrarnos vulnerables era sinónimo de debilidad. Que había que ser fuerte, olvidarse del malestar y levantarse una y otra vez. Que había que competir en lugar de colaborar…

Pero los tiempos están cambiando. En un mundo cada vez más complicado y en el que no nos han preparado para lo que estamos viviendo y viviremos, el que llega más lejos no es el más fuerte, sino el que se ha hecho fuerte agarrándose a manos amigas.

Si quieres ir rápido camina solo, pero si quieres llegar lejos, ve acompañado.

Esto que parece algo tan evidente se diluye cuando ponemos por delante el interés personal, el orgullo, la vergüenza o la incapacidad de dar y recibir, en lugar de la humildad, la vulnerabilidad o la inocencia para aceptar que a veces no se sabe, que a veces no se puede o que a veces no se ve más allá de uno mismo.

Pedir ayuda no significa que seamos débiles, sino un avanzado nivel de honestidad.

Solicitar ayuda es una decisión valiente y sabia, pero también se tiene que saber pedir. Muchas personas confunden pedir con exigir. Y es que las exigencias desgastan los vínculos y alejan a las personas. Como dice el refrán ante el vicio de pedir, la virtud de no dar. Jugar con el victimismo y la culpabilidad es otra forma de inmadurez tóxica.

No es malo pedir ayuda, lo malo es pretender que alguien lo haga todo en tu lugar.

Del mismo modo que todos necesitamos ser ayudados, también es preciso ayudar a los demás para fomentar nuestro desarrollo y hacer crecer nuestra autoestima. Porque el que ayuda a los demás se ayuda a sí mismo. Y es que una persona generosa de corazón es una persona rica, alegre y feliz.

Ahora bien, dar una buena ayuda tampoco es sencillo. Es importante medir la manera en que se ofrece porque, una mala ayuda, también puede convertirse en un obstáculo para la mejora de la persona a quien se quiere ayudar.

Desde pequeños, muchos de nosotros hemos crecido en un ambiente de sobreprotección familiar. Ya de adultos, tenemos tan integrado ese rol de salvador paternal, que inconscientemente actuamos de la misma forma ante cualquier petición de ayuda. Confundimos ayudar con salvar y proteger. Cuando en realidad tiene más que ver con acompañar.

Al posicionarnos como salvadores, consideramos que los demás no podrán sobrevivir ni prosperar sin nosotros. De ahí que tendamos a meternos en los asuntos de los demás, ofreciendo consejos, opiniones y puntos de vista personales aún cuando nadie nos haya preguntado. Es el vicio del «yo que tú». Yo que tú, pasaría de él…, yo que tú, me buscaba un nuevo trabajo …

Sin ser conscientes de ello, pecamos de soberbia, posicionándonos por encima de quienes ayudamos, creyendo que sabemos mejor que ellos lo que realmente necesitan. ¿Y tú qué sabes lo que necesita? ¿Le has escuchado atentamente sin juzgar? ¿Te ha pedido opinión o consejo?

Antes de ser generoso con los demás, primero uno ha de aprender a ser generoso consigo mismo.

Dentro de este “club de buenas personas” hay quienes ayudan desde la abundancia y quienes, por el contrario, lo hacen desde la escasez. Es decir, quienes dan por el placer de dar y quienes, por el contrario, lo hacen con la esperanza de recibir.

Inconscientemente están esperando una recompensa por los servicios prestados. Necesitan un chute de autoestima externa (en forma de agradecimiento) para equilibrar su falta de amor propio. Eso no es ayudar, eso también es exigir, pero escondiendo las cartas. Yo te doy y tu me das. ¿Y si no te puedo dar porque no tengo?

No podemos darle a nadie aquello que no tenemos, sólo aquello que somos. Y a veces somos tan poco … Así que no esperes nada ni lo esperes todo. Pretender otra cosa es abocarse al fracaso.

La buena ayuda, por tanto, es sinónimo de acompañar. Y acompañar requiere de escucha, comprensión, empatía, congruencia y una actitud abierta hacia el otro. Es crear condiciones para que la otra persona se desarrolle, crezca y encuentre lo mejor de sí.

Ayudar sanamente es ponerse en sus zapatos, pero no quitarle los pantalones. Es estar disponible y no estar comunicando (lo que pensamos que debería hacer). No es cortar las alas, sino despejar la pista. Es liberar y no invadir. Es dejar de lado el ¿y yo qué gano? para convertirlo en ¿y yo qué aporto?.

Acompañar es caminar en silencio para que surjan las palabras. Supone vaciarse de uno mismo para poder escuchar al otro y que éste encuentre sus propias respuestasEs creer que puede y hacérselo saber. Es andar al mismo ritmo, no arrastrando. Es ir al lado dando fuerzas, no detrás empujando.

Como dice el proverbio: «Dale un pescado a un hombre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá todos los días.«

No es lo mismo acompañar que decirle a alguien lo que tiene que hacer. No es una sutil diferencia, de hecho, creo que hay un abismo entre ambas formas de desarrollar talento en personas, profesionales o equipos. Es lo que traslado a mis clientes cuando empiezan un proceso de coaching o con los amigos cuando me piden ayuda.

Simplemente les ayudo a ayudarse a sí mismos.

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