Desprográmate

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Cuando somos pequeños somos un lienzo blanco. Nacemos con la mente totalmente limpia de perjuicios y de normas. Poco a poco, nos van educando. Nos inculcan lo que está bien, lo que está mal. Nos dan unos modales, unas normas sociales. Pero dentro de esa educación, nos van inculcando una serie de “comportamientos” que hay que cumplir.

A medida de que crecemos, la sociedad nos presiona para que hagamos lo correcto. Lo que se ve bien, lo que queda bien. Nos aleccionan para seguir un plan de vida, que no sabemos quién, ha impuesto como correcto.

Hay que estudiar una carrera. Pero no una carrera cualquiera. Una que nos dé la oportunidad de ganar mucho dinero.

También hay que tener pareja. Pero no una pareja cualquiera, una que haya seguido el mismo “plan de vida” que es correcto.

Hay que comprar una casa, hay que comprar un coche, hay que tener hijos, hay que ir de vacaciones, hay que, hay que y un sinfín de “hay ques” más.

Pero, ¿qué hay de los que quiero qué?

Nos “programan” para lo que hay que hacer, y nos desprograman para lo que queremos.

Cuando somos pequeños, todos queremos ser astronautas, futbolistas, médicos o piratas, para vivir mil aventuras en un barco. La cara y los ojos se llenan de luz y de ilusión pensando en lo que haremos cuando seamos mayores. Todo es factible. Y lo más importante, todo es posible.

No vemos ningún tipo de impedimento, para ser esa persona que se pone un traje blanco, se sube en una nave y va al espacio. Pero a medida que crecemos, esas ilusiones se van sustituyendo por lo que “tenemos que hacer”.

¿Por qué perdemos esa percepción a medida que crecemos?

Por una palabra muy simple. Miedo. Nos da miedo. Nos enseñan a asociar el concepto de diferente, con la palabra raro. Y lo raro, no mola. Lo que nos lleva a tener miedo de ser diferentes. Porque, para mal nuestro, a los “raros” se les juzga. Y no hay mayor miedo en las personas, que ser juzgados. Por lo que seguimos el orden que se nos da para hacer las cosas sin plantearnos nada más. Estudiamos, encontramos pareja, nos hipotecamos, tenemos hijos…

Y entonces la insatisfacción llega. A pesar de tener todo lo que “hay que tener” somos infelices. Sentimos un vacío interior que no se llena con nada. Nos replanteamos todo lo que hemos hecho hasta ese momento. Y nos damos cuenta, que el trabajo que tenemos o el ritmo de vida que llevamos no es lo que queremos. Es un terremoto que nos sacude. Una mezcla de frustración y sobretodo, tristeza. Tristeza por el tiempo que hemos invertido en hacer todo lo que estaba bien. Muchas veces se le llama, mal llamada, crisis de la mediana edad.

Y entonces llega la parte positiva. Cuando descubrimos lo que realmente queremos hacer, nos sentimos pletóricos. Enérgicos. Con la fuerza y la valentía que no hemos tenido antes, para dar un giro a nuestra vida y cambiar. Dedicarnos y hacer lo que siempre hemos querido. Lo único, que no podemos enmendar es el tiempo que ha pasado. Eso es irrecuperable. Pero, en ese momento, ya nada nos puede parar. Somos conscientes de lo que nos mueve y vamos a por ello. Ese trabajo que siempre hemos querido hacer o ese sitio en el que siempre hemos querido vivir.

El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta (Charles Dickens)

Y entonces te das cuenta de que, te da igual que te señalen. Porque ese momento es el inicio del resto de tu vida.

No hablo de una idea romántica de irse a vivir a las Seychelles a vivir debajo de una palmera. Está claro que no podemos vivir de aire. Pero, en vez de estudiar una carrera que nos reporte dinero, ¿por qué no estudiar algo que nos reporte satisfacción?. Que nos haga meternos en la cama, todos los días, henchidos de felicidad. El camino no será sencillo, (ya sabemos que ser astronauta no es fácil 😉 ) pero merecerá la pena.

En un mundo que va a una velocidad de vértigo, no es fácil ir contracorriente. Ser diferente. Pero ¿por qué no establecemos el único “hay que”, que realmente nos hará felices?

HAY QUE escucharnos a nosotros mismos.

Psicóloga y sexóloga en mis ratos libres… Coleccionista de experiencias. Porque una emoción vale más que mil palabras.

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