Cuando el amor no es suficiente

amor

Tener una relación es complicado e incluso caótico. En el amor no todo es color de rosa. Surgen los problemas y a menudo hay que lidiar con otros colores.

Algunas veces, todo lo que la gente entiende como “problemas de relación”, no son más que una manifestación de sus propios problemas internos no resueltos. Proyectamos en el otro nuestras propias carencias.

Y es que las proyecciones de cada uno, se enredan en un solo nudo enorme que crece dinámica y constantemente hasta que el lazo se convierte en un lío, y en el peor (o mejor) de los casos, se rompe.

Normalmente, todo empieza antes, cuando uno no se pone a pensar en qué es lo que quiere en realidad y, sin gastar mucho esfuerzo para encontrar a la pareja adecuada, iniciamos una relación. Nos conformamos con sucedáneos de amor porque creemos que debemos aprovechar la oportunidad por si luego no nos quiere nadie. Por tanto, queremos que nos “encaje” cuando no sabemos ni que forma tiene el rompecabezas.

Y lo que se quiere no debería ser “que sea más alto que yo con tacones”, “que tenga cuerpo de modelo”, o “que le guste salir”, sino más bien que sea una persona bondadosa, auténtica o valiente. Pero allá cada uno con sus propios criterios.

Después, ya al inicio o en plena relación, aparecen todo un ejército de “problemas”: la incapacidad de respetar a la pareja y sus necesidades, la falta de libertad, la costumbre de manipular y echarle la culpa al otro.

De pronto descubrimos que construir una relación fuerte y sana es una tarea difícil y adulta, para la cual no estamos preparados. Ni moral ni técnicamente. Aún no hemos aprendido a caminar bien y se nos exige que manejemos un avión.

La montaña rusa de emociones parece emocionante, sin embargo, en el fondo, refleja una relación intoxicante.

En este momento es cuando, en lugar de empezar a trabajar en nosotros mismos y desarrollar las habilidades que nos faltan, optamos por la manera menos eficiente pero más fácil y recurrente. Traspasamos la responsabilidad al otro. Empezamos a tratar a nuestra pareja como lo hace un niño pequeño: somos caprichosos, nos enfadamos, guardamos rencores y hasta hacemos pataletas. Todo en nombre del amor.

Porque el amor lo supera todo, ¿verdad?

Pues la verdad es que el ser humano no puede construir con nadie una relación más sana que la relación que tiene consigo mismo. No es cuestión de querer mucho, sino de querer bien..

La única pareja posible no es la simbiosis de dos egos infantiles sino la colaboración de dos consciencias libres – Alejandro Jodoroswky

Con este panorama, estas relaciones mueren poco a poco. Desaparece la ligereza, la novedad y el coqueteo, y en lugar de esto quedan las discusiones. Luego desaparece la intimidad, y las personas se convierten en vecinos. Todo termina cuando alguien no soporta más y se arma de valor para aceptar lo evidente: GAME OVER.

Es ahí cuando deberíamos darnos cuenta en qué consiste una sana relación de pareja y lo que es verdaderamente el amor. Reflexionar y trabajar para mejorarnos.

Hay relaciones que simplemente no funcionan, porque los miembros tienen diferentes planes vitales, se acabó el amor o se enamoraron de una nueva persona. Pero hay otras, donde existen grandes problemas de relación, que esconden un sinnúmero de problemas personales básicos y de entendimiento de qué es una relación. Hay que reconocerlo sin tapujos ni rodeos. A bocajarro y sin tabús.

Una relación amorosa es una creación común. No es ir detrás ni delante, es estar al lado. No podemos pretender que nuestra pareja comparta nuestra forma de entender el mundo y además lo sea todo para nosotros. O que nos complete partes que nosotros no hemos trabajado.

El amor empieza por casa, siendo flexible con uno mismo – Walter Riso

También es inútil creer que puedes cambiar a tu pareja o aprender a dominarla. Lo único que puedes y debes esperar es que puedas entenderte a ti mismo y solucionar tus propios problemas, lo cual posiblemente resolvería tus dilemas.

Amar nunca es limitarse, ni comprimirse, ni rebajarse. Es expandirse. Saber que puedes luchar contra tus propios molinos, pero de tú a tú. Tampoco es arrastrarse ni llorar, es reír. No es decir ni que sí ni que no, es escuchar y poderse explicar y dialogar. Es amar con palabras, pero también con silencios.

El amor sincero no doblega, ni achica, ni regaña, ni grita, ni te mantiene pegado al teléfono esperando una llamada o un emoticono artificial. No te amarra, te suelta. No te necesita, te prefiere. Porque no es un amor sometido sino independiente. No busca resultados sino encuentros. El amor no se mide por meses sino por momentos.

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No te pregunta qué haces, te pregunta qué sueñas. No te encuentra, te busca. No es tanto, pero tampoco es tan poco. Que no es más tuyo por gritarlo a todo pulmón y a los cuatro vientos. Ni dura más por meterlo en una urna de cristal o encerrarlo entre cuatro paredes.

El amor sano siempre es el antídoto, no la enfermedad. Te refleja tus propias heridas. No es la causa sino la consecuencia. Cuando no somos suficiente, el amor no lo es tampoco.

No es la pócima mágica que hará que nos amemos a nosotros mismos, sino el bálsamo que llegará a nosotros cuando hayamos aprendido a amarnos.

Tampoco es el remedio para la soledad, todo lo contrario. Es la soledad bien aprendida que nos educa para saber reconocer el amor de verdad cuando llega. Porque cuando aprendes a estar solo contigo mismo, es cuando dejas de correr el riesgo de estar mal acompañado.

También es saber soltarlo cuando te hace pequeño, te quita paz y te resta libertad. Porque algunas veces, aunque duela, llega el momento de cambiar de parecer, de dejar pasar un tren que no conviene para dar un paseo, respirar profundamente, reflexionar, y esperar a que llegue el siguiente.

Porque el amor hace de altavoz de nuestra música interior. Si no entiendes la partitura, no culpes al cantante, entiende la letra.

Life & emotional coach. Apasionado de la vida y de la evolución personal. Porque ser uno más es ser uno menos…

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