juego interno

No sé si lo sabes, pero en tu vida siempre estás jugando dos juegos.

Si prestas atención a tu día a día, verás que continuamente nos movemos en dos ámbitos de manera paralela: nuestra dimensión interna (todo lo que está ocurriendo dentro de nosotros) y nuestra dimensión externa (todo lo que sucede en el exterior).

Desde pequeños, se nos ha enseñado únicamente a prestar atención a lo que ocurre en el mundo exterior, a centrarnos en los resultados externos. A reaccionar ante lo que nos sucede. Nuestra mirada suele desplazarse fuera de nosotros. De ahí que, ante cualquier acontecimiento de fuera, cualquier dificultad, suframos.

Sufrimos si nos deja nuestra pareja, sufrimos si nos despiden del trabajo, sufrimos si no se cumplen nuestras expectativas…

Es normal, todos lo hacemos, y sería muy hipócrita negarlo.

Ahora bien, que nos pase a todos, no significa que nos pase en igual medida. La diferencia radica en nuestro juego interno.

El juego interno es lo que eres como persona. Lo que sientes, lo que piensas y lo que quieres en tu vida. Son tus emociones, tus creencias y tus pensamientos. Lo que ves en el mundo y cómo te relacionas con él. Son tus interpretaciones, tus valoraciones y tus juicios que generan tus miedos, tus dudas, tus frustraciones y tus ansiedades. En definitiva, es cómo te relacionas contigo mismo ante una situación determinada.

Si te fijas, en tu juego interno se encuentran los verdaderos obstáculos que bloquean tu crecimiento y avance personal. Refleja la “lucha” que mantienes con tus propias limitaciones mentales e imperfecciones. Tu verdadero oponente es, por tanto, interno.

Y cuanto más dominio tengas de tu juego interno, más gestión tendrás de tu juego externo. Porque lo externo no puede ser controlable, solamente gestionable.

Dominar a otros es valentía. Dominarse a un mismo es el verdadero poder – Lao Tse –

Sin embargo, vivimos hipnotizamos o “idiotizados”, intentando esforzarnos en cambiar nuestras circunstancias externas a través de proyectar ante los demás una imagen de felicidad, de seriedad y seguridad, cuando en soledad, nos sentimos tristes, vacíos y confundidos.

Nos centramos en TENER más cosas, en tener más habilidades, en controlar el escenario, en conocer a nuestro “enemigo” para vencerlo y en defendernos de los obstáculos externos. Sin prestar atención a nuestro diálogo interior, que es quien verdaderamente determina las circunstancias y acontecimientos que estamos viviendo.

No acabamos de comprender por qué, a pesar de seguir al pie de la letra todo lo que el sistema nos dice que tenemos que hacer para lograr éxitos y la supuesta felicidad, en el fondo de nuestro corazón, nos sentimos tan pobres y vacíos.

En lugar de mostrarnos auténticos, honestos y libres -siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos-, solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás. Pero si bien, vivir jugando cara al exterior, bajo una careta, nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: no desarrollar nuestro juego interno.

Por tanto, el juego externo, sólo es importante para examinar si estamos haciendo bien las cosas internamente, pero nunca para basarnos en él. Porque todo lo que poseemos en nuestro mundo interior nos lo encontraremos también en el mundo exterior. Es un reflejo de ti.

Trabajar en tu juego interno, en el SER, en dar luz a tu oscuridad, es lo que te permitirá gestionar todo lo que pase fuera. Porque en quién te conviertes se refleja en lo que obtienes.

Por supuesto que los cambios no se producen de la noche a la mañana. Requieren humildad y paciencia. De hecho, los cambios más importantes en la vida se producen pasado cierto tiempo.

Seguramente, te gustaría que te dijera que puedes cambiar tu vida en un fin de semana, pero no es cierto. Eso de la píldora mágica y sin esfuerzo no existe. Y te diré otra cosa, si no eres capaz de disfrutar del proceso de ir mejorando poquito a poquito, día a día… no conseguirás mucho. Hacer las cosas bien hechas, con mimo, con cuidado y con pequeños grandes logros es la clave para que tu juego interno y tu vida de verdad mejore.

No debe forzarse. No sirven los atajos. Tiene que ver más con el ritmo que con el esfuerzo. Sin prisa, pero sin pausa. Lo que está en juego es tu vida y lo que tú eres como persona.

¿Qué problema hay en sentirse y mostrarse triste cuando así lo sintamos? ¿Qué pasa si necesitas un par de años para conocerte mejor? ¿Qué hay de malo en tardar algunos meses en recuperar tu autoestima después de una relación? Tu vida es tuya, y tienes que darte tiempo para que las cosas cambien.

Si no estamos dispuestos a sentirnos incómodos, no podremos avanzar.

Yo he pasado varias crisis, tengo miedos y sufro, como tú. Soy coach pero, ante todo, soy persona. Humano, imperfecto y, en momentos, vulnerable. Pero decidí trabajar mi juego interno y dejarme la piel en ello. Y cuanto más me conozco, mejor gestiono mi mundo externo.

Las personas felices son aquellas que trabajan cada día en mejorar su juego interno. Porque saben que, la mayoría de partidos, se ganan jugando en casa. No depende de los demás, sino de cómo te sientas tú contigo mismo. Te define a ti, no a tus resultados.

Todos y cada uno de nosotros somos personas con potenciales únicos. Ahondando en nosotros mismos, podemos sanar y hacer surgir las partes más poderosas de nuestra personalidad de modo que, al final, nuestro juego externo sea excepcional, pero por ser una consecuencia natural de nuestro juego interno, en vez de por ser un artificio externo.

Porque las verdaderas batallas se libran en el interior.

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